Por Mary Carmen Herrera Pérez Lic. en Psicología Esp. en Sexología Educativa Mtra. en Sexología Clínica Como mencioné en el artículo anterior, la percepción y vivencia de la sexualidad que tenemos, se han conformado a través de nuestras experiencias en la vida, principalmente con lo que vemos y con lo que nos dicen o escuchamos en casa, aunado a lo que vamos descubriendo cada día; esto, debido a que en el desarrollo psicosexual, el ser humano toma conciencia de sí mismo a través de su corporalidad y sus sensaciones; y como postulan los especialistas en estudios de la conducta humana: “el recién nacido, en un principio, no distingue que es un ser separado de la madre, hasta casi los siete meses de edad”. Durante este proceso, el pequeño se descubre a sí mismo a través de sensaciones de frustración principalmente: hambre, frío, calor, suciedad, humedad, dolor entre otros, y también va desarrollando capacidades de control en sus movimientos y de contacto con diversas partes de su cuerpo, incluyendo sus órganos sexuales y con la misma naturalidad que los dedos de su mano o su pie; su relación es “yo-conmigo” Al pasar a la siguiente etapa en donde su mundo se amplía totalmente al gatear o caminar, la relación pasa a ser “yo-tu”; en estas interacciones, el medio es el mismo: exploración y sensación; es así, como va tomando conciencia de su identidad sexual (el ser niño o niña) y también, va preparándose en la aceptación de sí mismo como ser sexuado con sensaciones y afectos; en contacto con el otro. Cuando surgen juegos entre los niños de la misma edad o con una diferencia máxima de 4 años, únicamente lo que les mueve es: la curiosidad y las sensaciones, ya que son seres absolutamente sensitivos y sin bloqueos o prejuicios sobre ello. Estos juegos no tienen un fin o propósito como lo tienen en el adolescente y/o en el adulto. Ellos son seres llenos de sensaciones y dispuestos a vivirlas tan intensamente como cuando saltan sobre un charco de agua, pisan hojas secas o el simple choque de las gotas de lluvia sobre su cara; esa es la maravilla que tienen: “la capacidad de asombro” y que tristemente es algo que muchos adultos vamos perdiendo con el paso de los años y como consecuencia de la represión, del prejuicio, de estereotipos equivocadamente construidos o del “deber ser”. A pesar de que Freud fue quien rompió el esquema de una sociedad victoriana, la sexualidad infantil sigue siendo un tema que nos genera reacciones e incomodidades, independientemente de ser parte de nuestra cotidianeidad pudiendo observar que los infantes tocan su cuerpo, buscan sensaciones y las viven sin mayor conflicto. Sin embargo, nosotros como padres, con nuestras propias percepciones represoras en diferentes grados sobre la sexualidad, de pronto no sabemos cómo manejar estas situaciones y repetimos las pautas prohibitivas e incluso punitivas, al no contar con elementos para socializarla y hablarles abiertamente sobre sexualidad y responder a sus preguntas acertadamente, ya que seguramente tienen muchos cuestionamientos y los expresan de diferentes maneras; ya sea preguntando, observando o simplemente, explorando. Todo esto los coloca en situaciones de vulnerabilidad y no son las prohibiciones las que los prepararán para saber que su cuerpo y el contacto con él, es algo íntimo y propio. Debemos tener claro que los infantes son seres integrales. Por lo cual la percepción de sí mismos, un sentido de identidad fortalecido, saberse seres valiosos y capaces, independientemente de los errores que cometan y el vivir amados y aceptados, les dará las herramientas necesarias para que su propio proceso de crecimiento y desarrollo psicosexual sea amable y positivo. Sin embargo, en este mundo de adultos que los rodea, pueden ser ellos los depositarios de nuestras presiones, angustias, enojos y neurosis; la desventaja de jerarquías tanto física como cognitiva, los coloca en situaciones en donde puede estar de por medio su bienestar psíquico, emocional e incluso su integridad física. Por lo tanto, resulta de vital importancia acompañarlos en este proceso, facilitándoles las herramientas cognitivas, afectivas y emocionales para crecer seres humanos asertivos, que puedan marcar límites, incluso a nosotros sus padres cuando ellos lleguen a sentirse agredidos por nosotros; ayudando en el crecimiento personal de cada uno, conscientes de nuestros derechos inalienables y empezando por nuestro derecho a ser seres humanos plenos y felices. Octubre, 2014