Escribe: Esp. Verónica Nájera

Terapeuta Familiar y de Pareja y Tanatóloga

¿Cómo olvidar esa mañana de domingo? Venía manejando tranquilamente por la Avenida Insurgentes de la caótica Ciudad de México. De pronto, me di cuenta de que un taxi verde venía siguiendo mi auto (era la época de que la mayoría de los taxis de la CDMX eran de color verde). Mi corazón comenzó a latir muy fuerte, sentía la cabeza explotar, no podía respirar, mis manos se notaban por demás nerviosas y emanaba de ellas un sudor que lo único que reflejaba era la angustia de no saber qué ocurriría después…

Continúe con mi marcha y como pude, llegué a la plaza comercial en donde había quedado de ver a mi pareja. Apenas pude bajar del auto, el piso se movía, sentía náuseas, mareos, un miedo se apoderaba de mí y no podía controlarlo. Conforme caminaba, noté un zumbido en mis oídos que me hacía escuchar los sonidos pausados, lentos, una especie de idioma cetáceo (recuerden a Dory de la película “Buscando a Nemo”), quería entender que estaba ocurriéndome, pero no encontraba respuesta, en ese momento, no podía tener acceso a ninguna.

Al entrar a la plaza, comencé a ver rostros distorsionados, me recordaban una escena de la película de Dumbo, todo me daba vueltas acompañado de palpitaciones agitadas y una intensa dificultad para respirar; un intenso vértigo se manifestaba y no sabía cómo detenerlo. Era un hecho, ahora lo sé, tenía un terror inmenso de infartarme y morir. Al paso de los minutos,

mis conocimientos en psicopatología comenzaron a surgir y como si estuviera en el salón de clases, empecé recitar los síntomas de la crisis de angustia uno a uno. Justo cuando terminé, se acercaba mi pareja y sólo pude decirle: “sácame de aquí, estoy teniendo un ataque de pánico”.

Así comenzó mi lucha con la ansiedad, que difícil se volvió encontrar respuestas. Era una mujer fuerte, inteligente, saludable, exitosa, docente comprometida y psicoterapeuta brillante… ¿por qué tenía que pasarme justo a mí, si me había esforzado por años en llevar una vida perfecta? Nunca lo supe, sólo sé que ocurrió.

Es curioso, han pasado más de 10 años de este evento y cada vez, es más frecuente encontrarme con pacientes que han vivido lo mismo. Cuando llegan a consulta, están llenos de incertidumbre, de dudas y de miedos, la mayoría de las veces han agotado todos los recursos a su alcance, desde

visitar médicos con infinitas especialidades, seguir recetas de la vecina o hasta buscar ayuda espiritual, pero, no han logrado nada y lo único que quieren es “sentirse bien”. Entonces, la psicoterapia se vuelve su última opción y su única esperanza.

Cuando iniciamos el proceso de terapia, la mayoría descubre que el ataque de pánico fue la cúspide de vivir por años con ansiedad, ellos la han llamado estrés, preocupación, angustia o agobio, se manifiesta de distinta forma y, por ende, se encuentra en otras más. Muchos identifican una vida llena de cansancio, irritabilidad, mal humor. Refieren enfermedades frecuentes como: la gastritis, colitis, dermatitis; el dolor de cabeza, migraña, gripes, en fin, cientos de padecimientos que ni un buen tratamiento médico pudo contrarrestar. Luchan por ser felices, por

mantener todo bajo control, por lograr lo que se proponen pese al persistente nudo en el estómago y en la garganta, con un enorme miedo al “quien sabe qué…”

Esa es la ansiedad, yo la comparo con la humedad que llega a una casa, entra de manera paulatina y poco a poco va avanzando casi de forma imperceptible. A veces, puedes notarla un poco, tomas jabón y agua; limpias la pared, pintas y parece que desaparece, pero, tiempo después, ahí

está nuevamente. Sólo te das cuenta del daño que hace cuando es evidente el manchón verde, cuando estalla la electricidad, cuando las gotas de agua irremediablemente caen del techo.

Actualmente, se sabe que, en los últimos 5 años, la ansiedad ha aumentado un 75%, además de que cada vez es más frecuente en población joven, incluyendo niños menores de 12 años, por lo que se estima que un 28.6 % de la población adulta la padecerá en algún momento de su vida.

Al igual que yo, mis pacientes se preguntan si “esto”, pasará, si lograrán tener una “vida normal”, si se irán las dificultades para dormir y regresarán las noches de sueño profundo. Mi respuesta siempre es la misma: reconocer que tengo ansiedad, es el primer paso para sanar, porque implica hacerme responsable de mi proceso de curación.

¿Te ha ocurrido algo similar? Tranquilo (a), nos pasa a cualquiera, de ser así acude de inmediato a buscar ayuda profesional, no puedes, ni debes acostumbrarte a vivir con ansiedad.